En 1832, tres años después de que Washington Irving abandonara su residencia en el palacio granadino, aparecían dos ediciones simultáneas de los Cuentos de la Alhambra, una en Filadelfi a y otra en Londres. Las traducciones al francés y al alemán, en seguida a otros idiomas, no se hicieron esperar y salieron ese mismo año. Se cumplió así la sugerencia de las primeras páginas: «¡Si ellas pudiesen comunicar algo de los fascinadores encantos de este siti o a la imaginación del lector...!». El texto quedó establecido tras la revisión que hizo el autor en 1851 para el editor Putnam, quien le había encargado una edición completa de sus obras. En cuanto a las traducciones al español, la del fi lólogo y profesor granadino José Ventura Traveset en 1888 fue la primera que se hizo del libro completo, reimpresa además en numerosas ocasiones, fue editada en el taller ti pográfi co del propio traductor con una nota biográfi ca de Antonio González Garbín, un retrato del autor y fotografí as y planos de la Alhambra. El esti lo de Irving, siempre cuidado, alcanza en los Cuentos de la Alambra nuevas cotas de elegancia y refi namiento. Están escritos con ingenio y con gran respeto por los protagonistas, los objetos y los lugares que rodearon su estancia en el palacio nazarí. La secuenciación de las historias, por otro lado, responde a un ordenamiento meditado y a una estrategia calculada, así, mientras la primera parte la forman historias que narran acciones, la segunda está dedicada a las leyendas y las refl exiones. Nadie refl ejó el encanto y magia de la fortaleza árabe con tanto acierto como el escritor y viajero americano.
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